Ella le susurraba al viento que el amor la dejara, caminaba
entre laberintos tormentosos que tenían marcados con huellas de fuego el camino
oculto de los amantes prohibidos.
Todo callaba a su alrededor menos el silencio de su alma que
era dulce como la mirada de un niño al morir.A nadie le importaba que ella se
dejara extinguir entre sus propios lamentos, que se dejara azotar con los
recuerdos cansados, pues estaba sola, oculta entre lágrimas, entre el baile de
las letras, entre el viaje eterno de sus páginas. Y quería gritar, pero su
llanto era más fuerte que su dolor, se dejaba envolver por su agonía cuando se
encontraba vacía...Algo en ella se había quebrado para siempre, algo como un
pequeño cristal que jamás se podría volver a reparar, los pedazos rotos del
ayer se quedaron incrustados entre sus gritos haciendo sangrar su sonrisa.¿ Y
para qué escribe se preguntará? Para calmar su dolor ella responderá, pues se
encontraba rota entre la multitud espantada por la maldita rutina. Ya no le
quedaba nada, solo las palabras que no podía decir, solo la desesperación
latente entre sus heridas... nada la podía calmar, se parecía más a la muerte
que a la vida misma.
Los segundos seguían pasando, los segundos entre las arenas,
como el tiempo que se escapa entre los dedos. Los minutos escapan con la
libertad que se pierde, aquella musa que tantos desean, pero nadie consigue,
aquella libertad que mata y que se enfrenta con la muerte, con la luna y con el
sol. A medida que caminamos nos vamos quedando más solos, la vida desvanece
ante nuestros ojos y otra vez nos sentimos vacíos.
Y es que todo duele, cada rincón de este anochecer
sonriente, cada respiro entre la madera, cada adiós que se escucha lejano.
Duele tanto que ni estas palabras alivian el alma cansada de llorar, las
fuerzas expiran y ni siquiera la luna se apiada de mí y solo quiero seguir
aguantando hasta ya no poder, pero todo se vuelve gris que la mañana nos da su
espalda... caen gotas de melancolía, cae el desierto, cae la lluvia, cae el
dolor, cae, todo cae, cae el espanto, caen las llamas... cae...todo cae.
Y aquí me despido entre lo que queda de mí y lo que me
abandonó, ni siquiera el recuerdo de una sonrisa me puede rescatar de este
encierro pero... Qué más da, si lo que se ha roto no se puede volver a reparar.
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